Los Elefantes no pueden saltar (2016): El centro de la empatía.

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La relación que establecemos con la realidad no siempre es directa, y en ese sentido, un formato como el documental, nos ayuda a tener acercamientos con aspectos de ella que, probablemente de otra forma, no hubiésemos tenido. El documental es una ventana para ver, para reconocer, pero también para empatizar y descubrir problemáticas; incluso para proponer soluciones.

En esta línea, los directores de “Los elefantes no pueden saltar”, Rodrigo Saez y María José Martinez-Conde Fabry, traen un tema que a primera vista parece lejano, pero en su rol de “ventana hacia el mundo”, nos lo acerca a nuestra realidad: la explotación y maltrato de elefantes para el turismo y la tala ilegal.

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Alejándose de la tónica mesiánica que tienen la mayoría de los documentales que quieren mostrar y denunciar la injusticia, “Los Elefantes no pueden saltar” es un mediometraje que muestra la situación de los elefantes sin caer en la complacencia o el morbo. Por lo mismo, y porque este documental está pensado también como una herramienta educativa, es posible tener un público amplio, sin que esté dirigido sólo a quienes se sienten parte del movimiento animalista.

Esta amplitud de criterio a la hora de exponer el problema es un esfuerzo de ambos directores, quienes decidieron realizar este documental una vez vivida la experiencia de maltrato de elefantes. Hay un interés por parte de ellos de mostrar la dicotomía entre la imagen sagrada que supone este animal en países asiáticos, como India y Tailandia y la forma en la que son tratados, principalmente con foco en el turista.

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Ese interés permite que la obra se desarrolle como un documento acerca de las costumbres en los países que comercian con elefantes. No hay dedo acusador; por el contrario, el espectador puede comprender las razones de esta explotación. No la valida, pero si se entiende el contexto. Y es que la explotación de animales no sólo tiene que ver con ellos, también con quienes los crían y con sus familias.

Como documental, la película nos permite conocer estas aristas, pero también trae propuestas para mejorar esa condición. La historia no se queda fija en el dramatismo que implica la explotación animal, sino que muestra las alternativas de solución que existen en este contexto. En ese sentido, la obra resulta ser tremendamente esperanzadora, porque plantea formas de mejorar esta realidad.

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“Los elefantes no pueden saltar” es un documental que llama a la empatía. Incluso quienes nos sentimos alejados de estos temas, no vamos a quedar indiferentes a lo que nos muestra. Es probable que en un futuro próximo, la relación que establecemos con otras especies se naturalice de otras formas, pero de momento, documentales como éste nos llaman a la reflexión y al conocimiento, que como bien se sabe, jamás está de más.

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 Por Alejandra Pinto López 

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