El Viento Sabe que Vuelvo a Casa (2016)

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El director José Luis Torres Leiva tiene una larga trayectoria como cineasta, tanto en el área de la ficción como en el documental. Ya sea en la intimidad de los conversatorios para mostrar sus filmes en provincia, como en los grandes festivales europeos, el cineasta parece dejar su marca con un estilo único y basándose en lo que mejor sabe hacer: transmitir emociones propias y ajenas en pantalla.

Su más reciente trabajo, “El Viento Sabe que Vuelvo a Casa” (2016), tuvo un importante circuito en festivales entre los que estuvo Rotterdam, Buenos Aires y Valdivia antes de estrenarse en noviembre de este año, en las salas de nuestro país a través de MiraDoc. Aquí, Torres Leiva retoma su labor centrándonos en la figura de otro cineasta, Ignacio Agüero, quien ha sido también un pilar fundamental para el documental en nuestro país.

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El registro de Torres Leiva habla del cariño y del profundo respeto que siente por el trabajo de Agüero. Su premisa es situarnos en el trabajo de investigación de Agüero, en la etapa de casting y preparación de su película que, según dice, tendrá por nombre “El Viento Sabe que Vuelvo a Casa”. Ahí, a través de entrevistas a habitantes de la isla de Meulín, iremos conformando una historia, conociendo a personas que van más allá de simples personajes.

Lo que encontramos son mujeres y hombres de distintas edades que van construyendo lo que Torres Leiva quiere mostrarnos. Hay realidades que parecen incomprensibles, tanto que dudamos durante todo el metraje sobre la veracidad de lo que estamos viendo ¿esto es un documental? ¿Es ficción?

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Este juego también está dado por el protagonista, quien trata de tener información sobre una historia de amor ocurrida en la isla. No sabemos si su historia es o no real, pero hay algo en lo que él nos cuenta que coincide con la realidad del lugar. Tenemos la sensación de estar asistiendo al nacimiento de una historia que puede ser real o un mito, y en ese trayecto, vamos de la mano de Agüero.

Con una fotografía que alcanza momentos visuales casi perfectos, y que no responden sólo a la belleza del sur de Chile, la historia se va trenzando en este lugar que pareciera detenido en el tiempo. Vemos también la diferencia generacional entre los entrevistados, personas de distintas edades que revelan sus vivencias. Desde ahí, la subjetividad se toma toda la pantalla, sin embargo, las verdades dichas en pantalla quedan escritas en piedra y es el cine el que finalmente les da sustento y las convierte en algo real.

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Llama la atención que Torres Leiva repita la práctica que Agüero tuvo en “Cien niños esperando un tren” (1988), en donde documentó la experiencia de Alicia Vega como profesora en un taller de apreciación de cine para niños, dando espacio para exponer la situación de la dictadura en nuestro país. Los temas de Torres Leiva en esta película se alejan de lo estrictamente político, pero en contraposición nos llaman a la reflexión sobre la realidad, el aislamiento, el querer ser otra cosa y el aceptar ser quien se es. Torres Leiva nos trae a colación una paleta de personalidades que configuran al ser humano, para volver a valorarlo desde la ternura y la inocencia.

La escena final nos permite cerrar la experiencia. Un niño de la isla, en una conversación llena de datos que no son ciertos, hace frente a Agüero y lo interpela desde ahí. El vaivén de la realidad y la ficción se muestra a través de este niño que hace de espejo del protagonista, esta vez obligándolo a escuchar su historia sin importarle si Agüero la cree o no. Hay algo cinematográfico en esto, que nos lleva al origen y a la labor del cine como medio y dispositivo para la creación e instalación de historias.

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Torres Leiva realiza un trabajo extraordinario y sin fuegos artificiales, directo y al hueso, pero basando su trabajo en retomar de que estamos hechos. El director viajó al fin del mundo para poder retratarlo. Nosotros, como espectadores, tenemos la oportunidad de tener esas respuestas más cerca.

 

Por Alejandra Pinto López 

 

 

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