Silencio (2016)

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La carrera de Martin Scorsese como director es una historia de amor y odio. Despreciado por la Academia durante 30 años antes de recibir su primer Oscar a mejor director, en un lugar que él mismo ayudó a dotar de nuevas luces;  integrante reconocido de lo que hoy llamamos “El Nuevo Hollywood”, Scorsese ha sido incapaz de deshacerse de sus obsesiones. Ideas instaladas que vienen de su origen, su sangre paterna, la vida de pendenciero en las calles y su arraigada fe, elemento que no ha esquivado en su obra.  Ya la mostró previamente en La última tentación de Cristo una película que fue censurada de forma lamentable en su momento en nuestro país, pero también con Kundun, basada en la vida y escrituras del Dalai Lama. La exploración de la fe y como esta se manifiesta parecen ser un tema que Scorsese revisa no sólo por ser parte constitutiva de su vida, sino que además como una necesidad de traspasar esa obsesión al espectador. Es precisamente esa sensación la que queda con Silencio, la más reciente película de este director y que lo tuvo pendiente de ella por más de 15 años.

L-R: Andrew Garfield plays Father Rodrigues and Yosuke Kubozuka plays Kichijiro in the film SILENCE by Paramount Pictures, SharpSword Films, and AI Films

Silencio está basada en la novela homónima de Shusaku Endo y nos muestra el camino de los sacerdotes Sebastián Rodrigues (Andrew Garfield) y Francisco Garupe (Adam Driver) por encontrar a su maestro, el padre Ferreira (Liam Neeson), de quien se han recibido noticias desde Japón. Pese a que él se encuentra realizando una tarea de evangelización, la información es que Ferreira se ha convertido en un apóstata. Tanto Rodrígues como Garupe resuelven ir a Japón a buscar la verdad acerca de su mentor. El camino es tortuoso y complejo, porque deben enfrentar todos los peligros de un país que se niega a ser controlado y convertido al cristianismo. Corren peligro de muerte y frente a eso, sólo les queda su fe en Dios.

Aquí es donde Scorsese se vale de la novela histórica para hablarnos de sus propios miedos. Sus personajes se ven apenas atajados por sus creencias en medio del salvajismo de los nativos nipones. Existen conversaciones que son iluminadas débilmente por momentos de lucidez, preguntas sin respuesta que se hacen en medio de la noche y una continua duda que crece a medida que avanza el filme. ¿Está Dios aquí? ¿Aún nos mira? ¿O es que en realidad le rezo al silencio?

Liam Neeson plays Father Ferreira in the film SILENCE by Paramount Pictures, SharpSword Films, and AI Films

Scorsese decide jugar desde esa duda, al tiempo que nosotros tampoco podemos estar seguros de las respuestas a las preguntas anteriores. El director, en complicidad con su fotógrafo Rodrigo Prieto, se preocupa de dotarnos de imágenes de lo que podemos considerar la presencia de Dios, con planos aéreos que intentan mostrar su mirada, pero al mismo tiempo contraponiéndolo  con un relato personal entregado por el Padre Rodrígues, un monólogo que no logra tener respuesta y que en ocasiones se siente como un discurso desde el abandono.

Rodrígues le rinde (y exige) cuentas a Dios y a la Iglesia, porque al igual que los escasos campesinos convertidos al cristianismo en su viaje,  su religiosidad existe y se aferra a los hombres y sus símbolos. Por lo mismo, no resulta rara la duda de los campesinos frente a la presencia de Dios aunque no tengan sacerdote que los guíe, que se asimila con la búsqueda incesante de Rodrígues por su mentor, y su epifanía, cuando finalmente logramos ver “la respuesta” de Dios.

Silencio se siente como la declaración de alguien que es creyente a su pesar, como si el propio director buscara la forma de explicar su dicotomía entre la fe en el Dios cristiano, las creencias orientales y la fe en el hombre.  Scorsese resuelve esto mostrando que desde su óptica, todos esos polos son incapaces de vivir separadamente. Rodrigues se enfrenta una y otra vez a la traición de uno de sus “discípulos”, un hombre que desde lo formal es apóstata, pero que cada vez que lo declara pide perdón por sus pecados. La salvación está a la vuelta de la esquina a través de la religión que es encabezada por Rodrigues, y sin él, esa posibilidad desaparece.

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Silencio es el último grito desesperado de Scorsese por un Dios que no lo escucha. Es probablemente una de sus películas más personales, en donde no teme mostrar sus más profundas influencias cinematográficas. Hay mucho del cine de Kurosawa, pero también se siente la presencia de Bergman desde sus dudas sobre la realidad y la existencia. Rodriguez es un nuevo Antonius Block, que sigue su camino sabiendo que la muerte lo ronda y lo espera mientras juega al ajedrez con él. La actuación de Andrew Garfield, un actor que conocimos como estrella adolescente y que ha ido recorriendo un camino interesante como intérprete, se ve potenciada por el juego de cámara de Scorsese y sobre todo, por las decisiones de su cinematografía, a cargo de Rodrigo Prieto, un fotógrafo que ya se había lucido en El Lobo de Wall Street y Brokeback Mountain.

“Ustedes nunca van a cambiar mi corazón” señala Rodriguez en un momento y eso es lo que sintetiza su realidad. Al igual que en La última tentación de Cristo, es la fe pura, perenne e incomprensible la que logra arraigar a nuestros personajes y convertirlos en lo que son. Scorsese es consciente de eso, y se hace parte del discurso. Uno que a medida que ha ido pasando el tiempo, parece ser aún más fuerte en él.

Alejandra Pinto López 

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